martes, 21 de enero de 2020

La Costa de los poetas chilenos por María Llacer desde España.




La costa de los poetas chilenos.

Los refugios marítimos de Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Nicanor Parra.

Cerca de Santiago de Chile se descubre un litoral lleno de contrastes frente a la inmensidad del Pacífico. Bosques de pinos y calas se suceden en lugares como Isla Negra, Cartagena y Las Cruces.

Nadie sabe muy bien por qué, pero en Chile los poetas suelen buscar una playa y retirarse a ella. El retiro es, por cierto, cualquier cosa menos total. La playa más cercana a Santiago, la capital, queda a sólo 110 kilómetros de la ciudad. Tres de las más importantes voces de la poesía chilena, Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Nicanor Parra, han buscado justamente refugio en esa costa cercana (Gonzálo Rojas, en cambio, se ha internado en el lejano Chillán).



 
 

 De alguna forma, ese refugio cercano y lejano a la vez les ha permitido a los poetas quedarse en la capital e irse al mismo tiempo, mirar por una ventana la grandiosidad del Pacífico, y por otra, las rencillas, peleas y glorias pasajeras de Santiago.

La costa de los poetas alguna vez se hizo llamar la costa azul. Una serie de balnearios encopetados que querían parecer Deauville o la Concha de San Sebastián se instalaron entre las rocas y las dunas a principios del siglo pasado. La carretera y los túneles que progresivamente unieron estas localidades cada vez más con Santiago convirtieron El Quisco, Cartagena y Algarrobo en centros de vacaciones populares. Hoy, entre los eucaliptos y los bosques de oscuros pinos surgen toda suerte de pensiones, hoteles, cabañas y rutas para boy scouts. La costa de los poetas es ruidosa, viva, llena de contrastes.



Campos de golf en Las Brisas, carruseles y circos en El Quisco, desnudos acantilados en Tunquén y funcionarios jubilados en Algarrobo (en donde los ex presidentes Allende y Frei tenían casas vecinas). Cuando el verano se retira, la costa de los poetas vuelve a soñarse señorial, decadente, salvaje, amable y crepuscular.

Epitafio en el mar.

Asombrosamente, o quizá no tanto, los lugares en que vivieron nuestros tres poetas se parecen de algún modo a su poesía. Huidobro, el gran señor de la poesía chilena, el amigo de Apollinaire, el propagador de todas las vanguardias, se retiró a Cartagena después de haber recibido dos heridas de bala como corresponsal de guerra en la II Guerra Mundial.



Su residencia, un caserón de campo que se supone que servía de casa patronal para el fundo que el padre del poeta fue loteando de a poco, sobrevuela el balneario de Cartagena desde un cerro. En su tumba dejó el creador del creacionismo escrito: "Aquí yace Vicente Huidobro. Abrid la tumba, al fondo de ella se ve el mar". La invitación del epitafio era demasiado tentadora, y varias veces los desconocidos de siempre han destrozado la lápida buscando el mar en el fondo del agujero.

Esa tumba con vista al mar mira también a una ciudad que como ninguna otra representa en sus calles el encanto ligeramente pasado de moda que baña la voluntariosa poesía de Vicente Huidobro.

 Vivió el balneario la misma transformación que la vida del poeta. A principios del siglo XX, Cartagena fue el balneario elegante por excelencia; después, la modernidad que tanto enamoró a Huidobro la convirtió en el balneario popular más famoso. Pasó de ser sobrio, exclusivo y desvitalizado a ser bullicioso, demencial, abierto y vivo. La playa grande se llena en verano de carpas hechas de restos de plástico. Su señorial paseo marítimo es el hogar privilegiado de la fritura, el reggaetón y las botellas de plástico y pitos de marihuana.



En invierno, Cartagena queda casi desierta: sus pensiones vuelven a ser palacios en ruinas, sus calles vuelven a mirar, no a la multitud bullente que devora todo lo que encuentra en la caleta de San Pedro, sino al mar, que llega manso y frío a la playa de arena morena. Escritores como Poli Délano y el desaparecido Adolfo Couve han escrito y vivido ahí. De tarde en tarde, un equipo de cine viene a captar este Valparaíso en miniatura y sus asombrosos atardeceres.

No es un azar, en cambio, que Isla Negra se parezca a la poesía de Neruda. El balneario fue creado enteramente por el poeta. Cuando, cansado de errar por el mundo, decidió imitar a su amigo y enemigo Vicente Huidobro y vivir con vista al mar, el pueblo no era más que una calle.

Vivían y viven aún, en esta isla que no está separada del continente por ningún mar, sólo unas tejedoras de arpilleras. Neruda y un par de amigos decidieron conservar, e incluso acentuar, el carácter silvestre del pueblo. Pinos entre los que el viento silba, rocas oscuras que se aventuran al agua, casas que se pierden en el bosque, y bosques que se internan en las casas. Todavía hoy no se han instalado, por voluntad expresa de los vecinos, faroles ni luces en las calles de tierra. Hasta el hotel principal del lugar, la hostería de Isla Negra, conserva ese encanto rústico, de un mundo recién creado, tal vez ayer por la mañana.



Por desgracia, la industria nerudiana -sus pescados de piedras, sus bajorrelieves de cobre y frases hechas- ha invadido el pueblo. La propia casa de Neruda -una cabaña que fue agrandando con diversos pabellones, alas, locomotoras, mascarones de proa, conchas de caracol- es ahora un museo que rinde culto a la irreprimible necesidad del poeta de seguir de adulto acumulando juguetes y talismanes.

Durante décadas residía también en Isla Negra Nicanor Parra. En broma decía que no le importaba ser el mejor poeta de Chile, con tal de que fuera el mejor poeta de Isla Negra. Luego de la muerte de Neruda, Parra se trasladó unos kilómetros más al sur, al discreto y misterioso balneario de Las Cruces.



 Un cruce perfecto entre la señorial Cartagena de Huidobro y la rural y selvática Isla Negra de Neruda, Las Cruces posee una pequeña playa rodeada de mansiones, algunas de ellas carcomidas por las termitas, y casas de madera más sencillas. Más allá, las rocas al borde están habitadas por pelícanos y lobos marinos. La casa de un estudiante eterno.

La casa de Parra es como toda su obra, un proyecto en eterna construcción. Una torre que era su lugar para escribir se quemó, y a sus 94 años, el poeta piensa reconstruirla. De este mismo incendio se salvó una casa de madera, modesta pero cómoda, llena de colecciones -como las de Neruda-.

Esta colección no era de objetos bellos o poéticos, sino de fotos con leyendas que la deforman, máquinas de escribir difuntas, bandejas de pasteles sobre las que Parra todavía escribe sus lúcidos decretos antipoéticos. Una casa que parece la de un estudiante eterno, que recopila pruebas contra la poesía y sus abusos de lenguaje.



Y por el ventanal abierto, una vista privilegiada a la bahía y al mar, que indiferente a los versos y declaraciones de los tres poetas que lo habitaron, ataca las rocas y las convierte en arena.

Mil besos de Maria

26 de mayo de 2008 3:27

Fotografías: 1) Cartagena de Chile. 2) Vicente Huidobro. 3) Poli Delano. 4) Gonzalo Rojas. 5) Adolfo Couve. 6) Pablo Neruda. 7) Nicanor Parra.8) Isla Negra, desde casa de Pablo Neruda.

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