Daniel Pizarro
Peso
frutas, peso verduras. Peso verduras y frutas, todo el día. Trabajo en
un supermercado, se comprende. En eso estoy desde que jubilé. Peso las
frutas y peso verduras. De momento alguien tiene que hacerlo, hasta que
las señoras –estas señoras– aprendan a pesarlas por su cuenta. Debo
enseñarles a pesar. Pero el día en que aprendan mi trabajo se volverá
superfluo y tal vez no habrá lugar para mí en el supermercado. Por lo
tanto no les enseño nada, sino que me muestro de lo más amable con estas
señoras que se creen dueñas del supermercado y avanzan con sus carros
repletos de mercadería sin pedir permiso a nadie, esperando que los
demás se aparten porque ahí vienen ellas, estas señoras. Señora ¿cómo
está?, las saludo, ¿cómo amaneció hoy? Por favor, permítame. Y cojo la
bolsa con frutas y verduras y la coloco sobre la balanza electrónica, y
pego la etiqueta del precio sin darles posibilidad de que lo hagan por
sí solas. Pues se trata de que no aprendan nada, ya se dijo. Y algunos
días siento verdadero alivio de ver cómo ni siquiera desean aprender,
pues están acostumbradas a que las sirvan y a que los demás se hagan a
un lado. Costumbres de toda la vida, nada ni nadie las hará cambiar, me
digo, esperanzado.