La
suspensión de eventos artísticos y el cierre de espacios culturales, en
el contexto de la crisis sanitaria por el COVID-19, dejó en evidencia
cómo hoy cientos de artistas nacionales están sometidos a relaciones
laborales fuertemente precarizadas. Aquí, los contratos son escasos, no
hay seguros asociados u otro tipo de beneficios. Al final del día, todo
depende de las posibilidades de acceder a un fondo estatal.
La situación es preocupante: sólo en el ámbito de las artes escénicas se estiman más de 470 funciones interrumpidas y cerca de mil 700 personas afectadas, entre artistas y técnicos. A ello se suma un extenso espectro en el que se contabilizan músicos, cineastas y miembros de las artes visuales.
“Es una hecatombe para todo el mundo de las artes vivas”, dice Carmen Romero, directora de la Fundación Teatro a Mil, quien ha seguido de cerca la crisis que ha remecido al sector.
“La
mayoría de los trabajadores y trabajadoras boletean y viven de la
taquilla, entonces, mientras estén las salas cerradas, no pueden
trabajar. Es algo súper complejo”, comenta la gestora cultural.